No importa si la figura humana es una sombra en fuga o un contorno leve en medio del follaje espeso y húmedo. Luna Paiva compone sus paisajes desde el alma. Aunque desolados, nunca están solos y siempre se aproximan al espectador suavizados por una sordina. Donde Luna mira, la imagen se congela en una eternidad silenciosa. Algo, mucho, del sereno devenir del Paraná fotografiado por su padre y maestro, Rolando Paiva; se cuela en la mirada de esta joven fotógrafa, graduada en Historia del Arte en La Sorbonne, de París, capaz de asumir su vovación sin el protocolo de ninguna etiqueta.

Descubrió un día que hacer fotos era una necesidad, como si al hacerlo llevara un registro de la propia vida sin la urgencia que impone la cronología, solo guiado por el azar y la sensibilidad. Son imágenes silenciosas tocadas por una luz mágica que en algunos casos reverbera, como sucede en los cielos blancos del verano lavados con agua de lluvia.
(…) Gauguin tenía razón:"Lo feo puede ser hermoso, lo bonito jamás".

Alicia de Arteaga. Crítica de Arte del Diario La Nación.

 

La mirada de Luna Paiva convierte en ficción todo lo que su cámara registra.
Toda cámara, ese testigo que alguna vez se creyó imparcial, elige, encuadra, recorta. Las fotografías de Luna Paiva invitan a asociar los objetos de su mirada, a encontrarle sentido a su heterogeneidad. Su disposición en el espacio, la relación entre formatos dispares, todo es parte de una estrategia ficcional.
Un hombre dormido en una cama deshecha, en la penumbra, mientras afuera asoma un día luminoso, parece estar soñando esos paisajes interiores, esas siluetas entrevistas en otra naturaleza, o en interiores engañosamente banales.

Los paisajes de estas fotografías nunca son bonitos ni exóticos, pertenecen a la gran tradición romántica de la naturaleza como estado del alma. Sus siluetas, disimuladas a contraluz entre pinturas murales o apenas escondidas tras un árbol, desnudas bajo el agua que las borronea, a punto de desaparecer por una escalera o de observar tras una puerta entreabierta, se imponen inmediatamente como personajes; al espectador sólo le queda inventarles historia.
No es frecuente descubrir a un artista joven cuya obra sugiera tanta vida ya vivida, una sensibilidad tan trabajada por la imaginación, como las que animan las fotografías de Luna Paiva.

Edgardo Cozarinsky. Escritor y director de cine.

 

Dentro de este onírico realismo, la imagen se llena de paradoja. En un interior vacío - ambiente pequeño- la vedette se exhibe como en la marquesina teatral. Lo raro no deja de parecer espontáneo; la pomposa artificialidad de las posiciones y los gestos resulta esencial a cada protagonista de este único relato fotográfico. El mundo de las apariencias relega al confort, a la funcionalidad, a la comodidad; en el living pelado sobresale la rosa que ornamenta y, quizás, hasta perfuma. Luna Paiva funda un universo autónomo, legislado por sus propias reglas y contradicciones, por obsesiones motivadas menos por un rasgo de carácter de la protagonista que por un síntoma social. El brillo de las lentejuelas se mantiene sobre el cuerpo, sin referir una ocasión especial. La exhibición de la piel y el vestuario teatral no requieren un espectador in situ; la intimidad se transforma en una zona de máxima visibilidad cuando el sujeto es atravesado por los medios, preso de una ficción personal que imagina un público en el ambiente hermético, que define menos una posición ante los ojos del otro que un lugar desde el que se mira y se construye el yo expuesto. En un austero departamento empapelado, más significativo que los objetos y muebles, escasos, es el televisor – tótem que define y justifica la pose y el vestuario. Vida de diva tributa a la femineidad exacerbada de la que posa envuelta en plumas pero, a la vez, es un catálogo de rarezas despegadas de la idea de tribu, rarezas que atraviesan a la masa tele-adicta, rarezas que moldean la agenda mediática, rarezas que definen la nueva traza urbana hacia Puerto Madero o Palermo Hollywood, donde fueron registradas algunas de estas fotos. Vida de diva: aquí está sólo permitida una semi-sonrisa o la sequedad marcial. Paiva reflexiona sobre la pose despegada de su sentido originario (artificialidad, acotación a un momento y un espectador interesado), expandida al "ser", más allá del "parecer" y el "estar". El acierto -la singularidad- es del orden de las combinaciones: los rincones, los ambientes pequeños, el hogar, se llevan bien con la pompa, el oropel, las contorsiones, las acrobacias: producen un contraste, desfasaje entre cuerpo, mirada y realidad que ejemplifica los alcances de la ficción del yo contemporáneo: más allá de las fronteras de lo íntimo.

Julián Gorodischer. Escritor, periodista, editor jefe de Ñ, Clarín.

 

 

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